jueves, 8 de enero de 2015

MICHELLE, ADICTA A LA SANGRE

                                                        


Michelle es una de las últimas «joyas» descubiertas por el programa My Strange Addiction (Mi extraña adicción), que recopila las manías más depravadas a lo largo y ancho de la geografía estadounidense, según destaca The Huffington Post. La joven californiana de 29 años, pasa el tiempobebiendo sangre. Siete litros a la semana y unos 3.700 desde que comenzó su adicción, hace ya 10 años. Fue, según ella, por casualidad. Tenía por aficción cortarse a sí misma, y un día descubrió que el sabor ferroso del rojo líquido le agradaba. Normalmente, compra sangre de cerdo y otros animales en los supermercados. Pero cuando el mono es bastante grande, no le hace ascos a la humana. «Bebo tanta como puedo», declara.

Bebe en copa, mientras lee el periódico o consulta su teléfono, pero prefiere tomarla «a morro», es decir, directamente del cuerpo de algunos de sus «amigos». Uno de ellos, Johnny, se presta a ayudarla con su adicción y se corta el brazo para que ella succione la sangre.

Sin embargo, para desmentir a los que la tachan devampira, Michelle se defiende. «Intento evitar el cuello,? afirma ?prefiero el brazo, la zona del codo o la parte superior de la espalda. No quiero catalogarme como vampira, sino como alguien a quien le gusta mucho la sangre».

De hecho, Michelle ha descubierto a lo largo de sus años de adicción que «cada uno tiene su propio sabor y hay diferencias entre hombres y mujeres».

La mujer ha consultado a varios médicos para asegurarse de que no padece algunos de los problemas derivados del consumo de sangre humana, como la hepatitis o el sida. Su método de prevención es «beber sangre de personas cercanas. No voy por la calle diciendo 'quiero beber tu sangre'».

El programa My Strange Addiction es uno de los grandes éxitos de la televisión estadounidense. Entre sus omnívoras estrellas destacan una joven que se come 15 barras de desodorante al mes o una viuda que un día empezó a comer las cenizas de su difunto esposo. Como Keith Richards con las de su padre, pero por la boca.