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sábado, 25 de julio de 2015

DESDE QUE ESTOY MUERTA



Los amigos hablan bien de mí. Han olvidado toda diferencia y hasta les perece que escribía bonito, aunque en vida, lo ponían en duda.

Es la primera vez que mi nombre está grabado sobre el bronce y en una imperturbable placa de mármol. Nadie se detiene a pensar, que aun sin estar entre ellos, puedo verlos, oírlos, leerlos, sentir las voces más ocultas de su interior.

Ahora conozco al dedillo sus miserias, debilidades, virtudes y curiosos secretos. Deberían saberlo, deberían...Más que nada cuando hablan de Dios y de la vida eterna.

De mi carne, nada queda. Apenas un desprolijo montón de huesos que se ensambla con la tierra fresca, cada vez más blancos y frágiles.

Pocos han visitado mi tumba, pocos han recordado que amo las fresias, los jazmines y las violetas. Casi ninguno, ha dedicado unos minutos de su vida a cambiar el agua de mis floreros, lustrarlos y quitar las malezas que van, poco a poco cubriendo mi oscuro lecho, impregnado de silencio, totalmente indefenso.

Lo que no se les ocurre pensar, es que también los visito por las noches. No son casuales los cortes de luz de sus casas, los sonidos de viejos muebles o el crujido de gastados pisos de madera.

Desde que estoy bajo tierra, me divierte saberme libre, en el espacio, en el tiempo, en cada elemento de la naturaleza, lejos, muy lejos de lo que ellos imaginan. 







Rita Mercedes Chio