viernes, 10 de abril de 2015

LA ISLA DE LAS MUÑECAS - LEYENDA MEXICANA


Según cuentan los habitantes del lugar, una pequeña niña se ahogó en circunstancias misteriosas hace muchos años en la isla y aseguran que todas las muñecas que allí se encuentran están poseídas por su espíritu. La leyenda local asegura que las muñecas mueven solas sus cabezas y brazos, e incluso, que a veces, hasta abren los ojos.

Hablen o no hablen, se muevan o no, el lugar es verdaderamente espeluznante. Las muñecas dan miedo de día, pero en la oscuridad, son particularmente inquietantes.

Detrás de la leyenda se encuentra Julián Santana Barrera, el cuidador de la isla. Él fue quien comenzó a colgar dentro del terreno las muñecas o partes de ellas.



La historia cuenta que Julián encontró la muñeca de una cria ahogada unos días antes en el lugar. Traumatizado por no haberla podido salvar decidió colgar la muñeca en un árbol como homenaje. El cuento popular asegura que fue poseído por el espíritu de la niña y durante cincuenta años se dedicó a colgar muñecas por todo el terreno para tenerla contenta. Y así lo hizo hasta que le encontraron muerto en el mismo lugar donde se ahogó la niña.


La isla de las Muñecas se ha convertido en uno de los lugares más visitados por los turistas al sur de México.

miércoles, 8 de abril de 2015

HERMOSA MÚSICA PARA SOÑAR...




                                                                 

domingo, 5 de abril de 2015

jueves, 2 de abril de 2015

EXISTE UNA SEGUNDA MUERTE



La segunda muerte.

Existe una segunda muerte, más silenciosa e inadvertida, que se produce tan repentinamente como la primera aunque sin dejar deudos, ni entierros, ni funerales, ni amenas conversaciones acerca de las bondades retrospectivas del difunto.

Esta segunda muerte sucede tiempo después de la desaparición física de la persona. En algunos casos ocurre casi de inmediato, en otros, se produce varios años, e incluso generaciones después; y consiste en la cesación del nombre, y acaso del espiritu del fallecido.

La segunda muerte, a la que todos estamos sujetos aún en la celebridad más dilatada, ocurre casi como una fuerza imparable. El profesor Lugano ha imaginado la siguiente secuencia para explicarla:

Alguien muere.

Las personas que lo conocieron mueren.

Las personas que conocieron a los que lo conocieron mueren.

Las personas que conocieron a los que conocieron a los que lo conocieron mueren.

¿En qué consiste la segunda muerte?

Su nombre jamás volverá a ser pronunciado.

El profesor Lugano incluso ha calculado un algoritmo para promediar la segunda muerte que nos aguarda inexorablemente, llegando a la conclusión de que todos seremos prolijamente olvidados unos cien años después de nuestra desaparición física.

Desde aquí discrepamos modestamente con el profesor, siempre empeñado en recordar sucesos miserables y omitir otros de mayor relevancia histórica.

La segunda muerte no consiste en el olvido, sino en la muerte del recuerdo.

Efectivamente, llegará el día en el que todas las personas que nos conocieron morirán, y con ellas todos los recuerdos, buenos y malos, que hallamos dejado en ellas. Pero con la desaparición de esta corte también desaparecerá algo más: nuestro nombre.

El mundo seguirá girando sin personas que nos hayan conocido. Nadie sobre el globo tendrá una anécdota sobre nosotros, sobre nuestras miserias y aciertos casuales.

Cuando la Tierra amanezca sobre un horizonte en donde nadie nos conozca moriremos por segunda vez, y acaso entonces seremos libres.

MÚSICA MEDIEVAL RUSA




AL FINAL - POESÍA (Elizabeth Siddal (1829-1862)


Al final.

Oh, Madre, abre la amplia ventana
Y deja que entre el día;
Oscuras se tornan las colinas
Y los pensamientos comienzan a nadar.

Madre querida, toma mi joven hijo,
(Ya que de tí he nacido)
Y cuida todos sus pequeños caminos
Hazlo sabio sobre tu falda.

Lava mis manos luctuosas
Y luego ata mis pies;
Mi cuerpo ya no puede descansar
Fuera de su sábana tortuosa.

Toma el brote de un árbol joven
Y verde hierba recién segada,
Déjalos sobre ésta lóbrega cama
Para que mi dolor no se sepa.

Encuentra tres bayas rojas
Y arráncalas del tallo,
Quémalos al canto del gallo
Para que mi alma no regrese.

Cuando caigan las gruesas lágrimas,
(Y caerán, Dios lo sabe)
Díle que que morí de un gran amor
Y que mi corazón ha muerto alegre.

Cuando el sol se haya puesto
Y la hierba ondule en tu regazo,
Arrástrame en el frágil ocaso
Y ocúltame entre las tumbas.


Elizabeth Siddal (1829-1862)