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jueves, 7 de julio de 2016

La monja blanca - Cuento de terror



María Luisa despertó confundida sobre el banco verde y no fue hasta entonces que cayó en cuenta de la espantosa realidad de que estaba sola, absoluta y totalmente sola. Ese día tuvo que levantarse muy temprano para acompañar a la maestra Frandina y otros compañeritos hasta el Museo Diocesano, una casa muy grande y antigua que antes era un convento para monjas, pero que ahora funcionaba como un gran museo donde se guardaban viejas campanas de iglesias, espejos altísimos y hasta algunas vírgenes que cambiaban sus vestidos y pelucas según la ocasión.

_ ¡Maestra, maestra Frandina, ¿Dónde está?, conteste!

No pudo ver a la maestra ni a ninguno de sus compañeritos, ni a nadie que le dijera a donde se habían ido todos, corrió hasta la puerta principal que encontró cerrada, caminó por los pasillos y solo podía escuchar el taconeo agudo de sus zapatitos sobre las viejas cerámicas de la gran casa solitaria. Pasaron algunos angustiosos minutos hasta que pudo ver al final de un pasillo a una monjita blanca, muy joven y bonita, corrió hacia ella y abrazándola le dijo:

_ ¡Hermanita, hermanita, ayúdeme! me han dejado sola y tengo miedo.

La monjita la miró con cariño y agarrándola de la mano le respondió:

_Vamos, no tengas miedo yo te llevaré.

La niña caminó confiada agarradita de la mano. Escuchándose solo el taconeo de sus zapatitos. De repente preguntó:

_ Hermanita ¿Porqué tienes las manos tan frías?

La hermanita respondió:

_Porque estoy muerta.



Gennaro Di Donna